Revista de Cultura
Sábado 05 Jul
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Una poética del instante

Por: Eduardo Stupía (Artista plástico)

Alguna vez, dando clases de dibujo, acudí a esas hipnóticas cabezas de Matisse, de líneas negras prodigiosamente moduladas con grosores que en su precisión desmienten la celeridad del trazo, y a esas figuras trazadas con la impronta más directa de la línea, a veces más neta, a veces más líricamente vacilante. Eran el ejemplo perfecto para inculcarle a quienes se acercaban un tanto abrumados con un ideal del dibujo apegado al canon clásico, que la libertad en un dibujo es un valor no tanto filosófico sino técnico, mucho más importante que la corrección académica. Y, sobre todo, que era posible –más aún, necesario– dibujar incluyendo deficiencias, errores, "grumos" y todo aquello que se suponía debía quedar afuera de un "buen dibujo", incluso el "pentimento" de líneas que se perciben corregidas por otras para que todo quede allí, visible y significativo, como un cuerpo cuya integridad perfecta es mayor que la mera relación entre sus partes imperfectas.

Uno de los grandiosos aportes de Matisse es esta lógica conjetural de un "no saber" que aprende dibujando, donde lo que no se sabe no es de dónde se viene sino a dónde se va. Dice Matisse: "Me di cuenta de que era necesario que me olvidara de los métodos de los antiguos maestros, o más bien, comprenderlos de una manera personal enteramente nueva". Matisse es el profeta de la probidad que se abandona a la soltura extrema como método para ir más allá, para encontrar el hueso del dibujo, y por ende de las cosas; es quien asume el riesgo de la aceleración del trazo en busca de una verdad no virtuosa, el "golpe de vista" trasladado a la mano y la consiguiente síntesis estructural como figuración a un tiempo salvajemente armónica y trans-figurada; la materialidad, la naturalidad misma del acto de dibujar que hace confluir los ecos de la tradición y el experimento en una poética del instante.

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