Fue uno de los pilares, junto a Picasso, sobre los que se levantó la aventura del arte moderno. Una docena de años mayor que el resto de los pintores de su generación, fue la contracara de Picasso, su enemigo íntimo. Cuando se desata la gran tormenta del arte moderno, al final de la primera década del siglo XX, cuando surgen los grandes interrogantes sobre la figuración, su pintura parece prolongar los valores clasicistas con un dibujo que representa todavía el objeto o el cuerpo humano. A la brega incesante de Picasso por consumar la ruptura moderna, Matisse parece asimilar el nuevo campo de posibilidades de una manera hedonista como si fuera un juego agradable y un pasatiempo.
Mientras Picasso retuerce, secciona, deforma el legado del pasado en su búsqueda insaciable, Matisse emprende la creación de una manera aparentemente tranquila, acomodando a su pro- pio criterio la forma para encerrar en ella el color, que a lo largo de su vida se iría haciendo, taxativamente plano y milagrosamente saturado. Sin brusquedades, con elegancia y una displicencia que a Picasso casi siempre dejó descolocado.
"No pinto la realidad física de esta mesa, sino la emoción que me produce". La frase sintetiza el programa de su vida pictórica, donde a la bandera de la razón de los modernistas agregó la señal de lo sensorial y del sentimiento. Una existencia que fue lo suficientemente larga como para abarcar el período clásico de las vanguardias artísticas y morir justamente en el momento que comenzaba su agotamiento.
Su otra vida, la real, difícilmente podría ser material literario o cinematográfico. A Henry Matisse siempre se lo ha acusado de ser un artista burgués, con su vida ordenada, rodeado de su familia, con su porte de señor sosegado, serio y satisfecho consigo mismo. No es allí donde vayamos a encontrar la esencia de ese extraordinario pintor.