Carlos Páez Vilaró parece gustar de su obra tanto como de su propia vida. En cada rincón de su casa y atelier de Tigre, donde espera y prepara la muestra retrospectiva que el Museo de Arte de Tigre (MAT) inaugura la semana próxima, cuelga alguno de esos cuadros suyos en los que retrata a los personajes y la cultura negra, el tema que lo absorbe desde hace medio siglo. "Uso colores fanfarrones", bromea frente a sus coloridos cuadros. A los 84 años, el pintor uruguayo se mueve con una energía inquietante por esta oscura mañana de invierno. Durante tres horas muestra orgulloso su casa y el taller, convida vino y comida, se detiene en momentos claves de su trayectoria artística. Lo mío fue siempre una búsqueda. Nunca intelectualicé nada en realidad, no leo sobre arte, voy para adelante .
La muestra del MAT celebra sus 60 años de carrera. Qué pasó en 1948 que marcó su nacimiento como pintor En esa época yo vivía en Buenos Aires, era obrero en una imprenta gigante en la calle Barracas, empezaba a hacer grabados y mi pasión eran los problemas sociales. Pintaba manifestaciones, huelgas, pero entonces descubro los cabarets de El Bajo: el Cometa, el Moulin Rouge. Empecé a conocer el ambiente, participar de noches de tango, dibujaba las mesas y me sentía como Toulouse Lautrec.
Cómo llega al Mediomundo, el conventillo de los negros montevideanos donde encuentra el tema central de su obra Yo regreso a Uruguay empujado por una enfermedad. Encuentro un lugar chato, nada me inspiraba. Buscaba en la basura, iba a los cementerios, pero nada. Tal era el aburrimiento que decido volver a Buenos Aires, pero un día oigo unos tambores que venían de un caserío. Me acerqué y encontré una comparsa muy pobre, guiada por seis negros tamborileros con las manos ensangrentadas, una vieja que se movía con un paraguas. Me enloquecí. Seguí a la comparsa como un negro más y así llegué al conventillo. Sin darme cuenta, al entrar en el conventillo entraba también en la pintura. Comencé a pintar sus velorios, sus casamientos, sus navidades tristes. En 1955 me descubrió un marchand argentino que organizó en Buenos Aires, mi primera muestra.
Entonces comienza a viajar...
Claro, voy a Brasil, a Haití y al final, lógicamente, aterrizo en Africa en busca de las raíces de lo que había en mi pintura. Viajé por Africa pintando siempre, recurría al trueque, pagaba hoteles con un cuadro.
Y cuál fue el trueque más raro Uno de los que recuerdo jocosamente fue en Senegal, en la feria de Dakar. Me moría de sed porque me había dado paludismo y no quería tomar agua. Entonces, veo un puesto donde vendían ananás y me acerco. Tuve que pelear, pero al final el puestero me aceptó un cuadro a cambio de dos ananás. Cuando volví de dar una caminata tuvimos una discusión, porque al tipo se le había roto una teja y había puesto el cuadro como techo del puesto, para taparse del sol.
Enviado por carlos